"Ayer", por Alberto Enguix

“-NOOO, NO SALE NADA. HOY NO HAY NI PARA CARNADA. UN DESASTRE. ¡TENDRÍA QUE HABER ESTADO AYER!… QUÉ DÍA, CHE, SI, SE CANSARON, SE PUDRIERON DE PESCAR. Y NADA DE CHIQUITOS ¿EH?...ASÍ –extiende las manos como abrazando una columna del Partenón, mientras pone los ojos en blanco-, ASÍ DE GRANDES…DÍGAME ¿POR QUÉ NO VINO AYER A PESCAR, EH, POR QUÉ NO ESTUVO ACÁ?.”

El guía de pesca me reta por haber llegado “hoy” y no “ayer”. Hay un sádico, enfermizo regodeo en machacármelo. La pesca furibunda fué, exactamente, “ayer”. “Hoy” ya no, qué pena por usted. Internamente, el muy morboso goza lo indecible, mientras escudriña de reojo mi frustración.

Ya conozco el tema. No importa si fue en Bariloche, en Mar del Plata o en Chascomús: si quería pescar, mi obligación, mi oportunismo, era haber llegado ayer. “Hoy, mire lo que es la pesca, no sale ni un pomo”.

Fomento del turismo, le dicen. Tal vez una intriga, una confabulación de hoteleros, guías y agencias de viajes. Se echa a rodar un rumor en el ambiente –“bla, bla, bla, en tal o cual pesquero están haciendo cosechas inconcebibles, bla, bla, bla”- y allá vamos los pescadictos, ilusos incorregibles, con bolsas tamaño consorcio que esperamos reventar con pescados.

Y ante el escaso o nulo pique registrado cuando finalmente arribamos, siempre habrá excusas más o menos potables. Igual, no importa si las creemos o no. Las lluvias, el Niño, la luna llena, las heladas, un terremoto en las islas de Bali, los pesticidas ¿vió?. Y nosotros seguimos tragándonos el mismo anzuelo, una y otra vez. Nunca aprendemos. Siempre comiendo vidrio.

Cierta vez, allá (tan lejos en el tiempo) por 1965, el chimento vino telefónicamente, generado in situ (léase San Pedro, casi sobre el Paraná) por un buen amigo local: “-CHEEE, ACÁ, VOS NI TE IMAGINÁS…PEJERREYES A PALADAS…BRUTOS MATUNGOS…VENÍ QUE NO TE VAS A ARREPENTIR…”.

Llego allá en un par de días, de tarde, y lo primero que hago, antes de ponerme en contacto con mi amigo local, es ir a la dársena, justo cuando regresan los botes con los pescadores que han salido temprano en la mañana. Me muestran su cosecha: unos cuantos cornalitos, algunos dentudos, un par de sardinas. Caras cansadas, largas, miradas elusivas. Sin que se lo exija, se excusan porque “-AYER FUE EL GRAN PIQUE…EN CAMBIO…HOY…USTED SABE LO QUE ES LA PESCA ¿NO?”.

Sin esperanzas ya, recorro otros botes. Lo mismo, poco y nada. “-SE FUE EL PESCE, DON. HASTA AYER, DE TODO. E LA SETTIMANA PASATA, UHHHH, ¡MAMMA MIA!.” En italiano chantapufi o en castellano es lo mismo. Lo sé muy bien, quieren decirme “-¿PERO CÓMO SE LE OCURRE VENIR HOY, JUSTAMENTE HOY QUE NO HAY UN MISERABLE PIQUE, EH? Refunfuñando, me acuesto temprano, porque mañana voy a madrugar. Esta película ya la vi otras veces.

Salimos con mi amigo al mando de su canoa isleña, en plena oscuridad, en medio de la bruma y del frío penetrante, húmedo, insoportable. Avanza suavemente mientras el Villa hace plop, plop, plop, hasta fondear, una hora después, en un rumoroso remanso del Paraná. Sin embargo, bastan unos pocos minutos para darnos cuenta, en medio de nuestra sorpresa, de que hoy es ayer.

El pique de pejerreyes es intensísimo, delirante. Salen dobletes y hasta tripletes. A veces, pocas, de a uno. Nuestro bote flota sobre un espeso colchón de fornidas flechas de plata. A las dos de la tarde, exhaustos, dejamos un momento las cañas para engullir un sandwich –es el primer bocado que podemos atacar-, con un gran cajón desbordado hasta tapizar el piso por completo con matungos tamaño familiar.

Las líneas han quedado en el agua, desatendidas, mientras comentamos, eufóricos, que es difícil recordar una jornada más productiva. En eso estamos, distendidos, cuando de pronto explota un gran borbollón, un flash amarillo anaranjado. “¿-QUÉ, VISTE ESO, VOS LO VISTE?”

Manoteamos las cañas, que ya se iban por la borda arrastradas por ignotas fuerzas, y casi no damos crédito a lo que ocurre. Ha aparecido un cardumen de dorados hambrientos y agresivos, y aunque no tenemos en nuestras cajas aparejos adecuados con leader de acero que impida el corte por los filosos dientes, la fiesta consiste en enganchar cinco sucesivos, sacar uno y perder cuatro, y vuelta a repetir la serie, hasta agotar los anzuelos. ¡Y en esas aguas heladas!

La cacería se prolonga, y las frágiles cañas de pejerrey se ven sometidas a un castigo para el cual no están diseñadas. Hay que maniobrar con el reel y ser extremadamente prudentes. Algunos dorados, antes de cortar, se sumergen por debajo del bote. Es un delirio. Perdemos muchos, pero logramos izar algunos, tomándolos de las fauces abiertas con una pinza, porque no tenemos bichero y el copo de red liviano para el pejerrey ha quedado destruido tras intentar cobrar con él los primeros de ellos.

El festival de saltos y destellos amarillos en el aire se extiende por unos cuantos momentos más y, de pronto, como si respondiera a una orden superior, la troupe de áureos malabaristas con escamas se desvanece, como tragados por los remansos.

Agotados, llegamos de noche al embarcadero (somos los últimos) y guardamos nuestra pesca en una heladera comercial del restaurante, donde hay otras canastas pertenecientes a nuestros colegas. Todas tienen pejerreyes a granel, confirmando que éste ha sido un gran día, pero nosotros somos los únicos que, además, tenemos unos cuantos -y grandes- peces de oro.

A la tarde siguiente, al volver del río, mientras acomodamos la nueva pesca en la heladera, curiosos y pescadores nos preguntan, intrigados, por nuestra inusual cosecha, que brilla con tonalidades inconfundibles en medio de las canastas repletas de flechas de plata. Es mi oportunidad, la tan ansiada revancha. Nunca se repetirá este sublime momento, y no debo desperdiciarlo. “-¿QUÉ, ÉSTOS? -respondo cansinamente, con estudiada indiferencia- AH, NO, CHE, NO, NO SALIERON HOY.” Hago un largo silencio, adrede, manteniendo el suspenso… “–A-Y-E-R SALIERON, AYEEEEER”.

En lo profundo de mí, filosofo: “-Ayer, por fin, fue ayer”. Algún día tenía que ser así.

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