Alberto Enguix

Alberto Enguix

"El gourmet", por Alberto Enguix

La hermosa tarde primaveral se extiende en un interminable bostezo por la escollera norte del puerto de Olivos, en el tramo más cercano a la avenida del Libertador, mientras unos pocos pescadores, tercamente, seguimos a la espera de que alguna boga se digne morder nuestros anzuelos. Sólo una vieja de agua ha picado y, como era grande, hubo que usar el mediomundo “boguero” para izarla, en medio de las maldiciones del dueño porque las espinas del bicho le desgarraron la fina malla de hilo en diversas partes.

Hoy pesquero olvidado, en mejores –y lejanas- épocas su fondo de tosca era una “base de operaciones” de un siempre renovado cardumen de bogas, generalmente de tamaño más que apto para la parrilla. Frecuentemente lo veíamos a “el japonés” en su botecito de madera fondeando a 200 metros un corto espinel, entre la escollera y el bajo fondo Bikini, y sabíamos muy bien que ese lugar era “bogalandia”, en donde ejemplares de 5 y hasta 6 kilos no eran en absoluto extraños, los que posteriormente el oriental vendía, eviscerados, en la misma calle del puerto, a la tardecita. Más frescos, imposible. Sin embargo, rarísima era la vez en que se sacaba más de un ejemplar por pescador, como también lo era que los ejemplares juveniles brillaban –vaya uno a saber por qué- por su total ausencia. En resumen, una buena jornada de pesca típica era capturar solamente un bogón de entre 3 y medio y 4 y medio kilos por pescador.

Pero este día, el del presente relato, tales leporinus, al parecer, mantenían un riguroso régimen de ayuno absoluto. La inmensa mayoría de los pescadores encarnaba con lombriz, y los exquisitos hasta con la blanca pulpa del caracol de río (que entonces, hace sesenta años, era bastante fácil de encontrar, y en cantidad, en las todavía poco contaminadas riberas de nuestro estuario) pero los tecnólogos “de avanzada”, como era mi caso, usábamos unos exóticos ñoquis de pasta que, suponíamos, eran una exquisitez, un caviar para las bogas. Cada uno de nuestra elite era dueño de su propia –y secreta- fórmula: los míos -minimalistas, digamos- estaban amasados con partes iguales de harina de trigo y maíz, ligadas con clara de huevo y fritas para darles mayor consistencia, (de acuerdo, una receta nada imaginativa, reconozco). Finalmente, una rociada con pan rallado, y la inevitable envoltura con un repasador húmedo, mientras mi mamá, pobre, terminaba limpiando el enchastre ocasionado en la cocina. Pero por entoces los pasteros éramos una excepción, puntualizo otra vez, porque la carnada casi universal para tentar a las bogas era un pulpito de vigorosos anélidos. Y, justo es reconocerlo, no había manera de probar la supremacía de una u otra carnada, de modo que los pasteros éramos mirados de reojo y con cierta dosis de sorna por lo gusaneros.

En un momento dado de la aburrida y monótona sesión, un pescador, alto y flaco, de anteojos y tupidos bigotes, se acerca a examinar -sin siquiera pedirme permiso- la lata que contiene mis preciadas bolitas de masa, al tiempo en que mueve la cabeza de un lado a otro y sentencia estentóreamente, sin anestesia ni eufemismos: “-NO, PIBE, CON ESTO NUNCA VAS A PESCAR NADA”.

Rápidamente caigo en la cuenta de que ha hurgado en mis carnadas y no en ninguna de las de los otros, cobardemente amparado en que yo soy un adolescente y podría soportar sus críticas sin chistar, cosa que de seguro no tolerarían los grandotes. Yo, estoicamente me muerdo los labios.

Pero el flaco, ante mi sepulcral silencio, no se rinde fácilmente, y ataca de nuevo, con sonora locuacidad y nada controlada soberbia: “-MIRÁ LA MASA QUE HAGO YO; ÉSTA SI QUE ES BUENA”, al tiempo en que me muestra una lata con unos ñoquicitos de un oscuro color marrón que los hace sospechosamente confundibles con otra cosa, digamos, repugnante. Para mis adentros pienso: “-Y éste ¿de qué me habla si tampoco él ha sacado un pito?”

“-EL SECRETO ESTÁ EN EL EXTRACTO DE CARNE QUE LES PONGO- me confía ahora en voz baja, como para que nadie se entere- PERO TIENE QUE SER MARCA ‘LA NEGRA’, NO OTRA. ‘LA NEGRA’ ¿ME ENTENDÉS?”, subraya, agregando “-YO PROBÉ YA CON OTRAS….PERO ÉSTA ES LA ÚNICA QUE SIRVE. LAS DEMÁS, NO. SON UN FRACASO GARANTIZADO”.

¡Válgame Dios! La Negra, no otra. Casi me largo a reír. La Negra era, en aquellos tiempos, un gran frigorífico, pero mirá que hacerme hincapié en que las bogas solamente comerían algo sazonado con La Negra, y no otra marca. Ni La Blanca, ni Armour, ni Swift (sus competidoras). No, excomulgadas. La Negra, sí, las otras no sirven, era el claro y rotundo mensaje.

Le digo, para sacármelo de encima, que ya trataré de probar otro día haciendo una nueva partida de masa, pero el locuaz personaje –sin duda un auténtico y refinado gourmet- se pone cargoso e insiste en que yo encarne como él, ofreciéndome, casi imponiéndome, un par de sus oscuros ñoquis ¡Qué plomazo el tipo!

Acorralado, no puedo defenderme más, carente de todo sensato argumento, y claudico: saco mi línea del agua y encarno los dos anzuelos con la masa de “La Negra, no otra”, que me entrega ceremoniosamente, casi con religiosa unción. Tanta fe le tengo que, de inmediato, apoyo la caña contra la baranda (la estrella del Pescador 223 abierta, por las dudas, uno nunca sabe ¿viste?), y me alejo como diez metros a un rincón neutral, encogiéndome de hombros y con las manos en los bolsillos, oteando el horizonte, a ver si me puedo despegar de tan pesado personaje.

Pasan unos quince minutos, y la caña se agita. Yo, que estaba mirándola de reojo, no lo puedo creer, y quedo paralizado por la sorpresa. “-¿Se movió? ¿O me pareció?”, murmuro desconfiado, pensando que estaba siendo objeto de alguna broma de los otros pescadores. Pero el flaco, rápido como una centella, se lanza de un brinco, agarra mi caña con ambas manos, clava un par de veces aparatosamente como revoleando el aire, da apenas un par de vueltas a la manija del reel y me grita, triunfante y feliz: “-TOMÁ, TOMÁ, ACÁ ESTÁ TU BOGA”, mientras la Pagni, de brillante lapacho barnizado, se arquea notoriamente, lo que, dada su inherente rigidez, era una más que agradable sorpresa.

Con dos zancadas me arrimo y trémulamente me hago cargo del equipo. Si se trata de una cargada, lo están haciendo muy bien, porque no advierto cómo manipulan el truco. Sin poder articular una sola palabra, me entrego a una lucha con algo oculto por la turbidez de las aguas, aunque pesado y muy veloz. No, no es un chiste, allí hay un maremoto en mi anzuelo. Cuando finalmente aflora, generando un potente borbollón, se desata una histeria colectiva por parte de los demás cañófilos, porque la boga, la mismísima boga, pasa muy cómodamente los cuatro kilos. Mediomundo, aunque destartalado, y arriba.

La conmoción es mayúscula y mis colegas lombriceros, que algo habían estado barruntando acerca de la fea masa del flaco, proceden a saquearle frenéticamente su latita, sin escrúpulos y sin siquiera pedirle permiso, de modo que apenas si puedo rapiñar en el tumulto un par de sus dichosos ñoquis, con los cuales encarno nuevamente.

No se produce ningún pique en las seis o siete cañas, pero por unos diez o quince minutos esta vez estoy con mi caña en mano, horizontal y con el nylon en mi índice derecho, el corazón a 120 y…de repente………… ¡bingo!, allí siento la sutileza casi inmaterial del desconfiado toque de otra boga, mientras transpiro y, con esfuerzo, evito todo movimiento, rígido como un cadáver.

Unos segundos angustiosos más y la boga, con un suave sacudón, se engulle el ñoqui. Rápida clavada, corridas laterales y río adentro, perplejidad entre los colegas -flaco inclusive-, mediomundo, y otra gemela a la anterior, como clonada, saltando sobre el cemento de la calle.

La herejía estaba consumada, con dos soberbios ejemplares. Sin más provisión de la carnada mágica –la propia mía ha sido descalificada por la contundencia los hechos- , y ante la desdicha de todos los demás, que ni un pique han tenido, sólo puedo balbucearle al flaco
“-Me voy, basta para mí, te felicito por tu masa, y muchas gracias”. (Para mis adentros, me digo que si tiro de nuevo y tengo otro pique, éstos me tiran al agua seguro).Trémulamente, y profundamente conmovido, desarmo el equipo, y caminando despacio, con las colas de los robustos bogones sobresaliendo por la boca de la bolsa de loneta azul colgada de (y magullando) mi hombro, llego a la parada del colectivo para volver a casa, donde la dupla tendrá destino de horno. No sé describirlo, pero al irme sentí, a mis espaldas, que unos cuantos pares de ojos de mis colegas cañófilos me fulminaban, tal vez corroídos por su justificable y muy humana envidia.

-“La Negra, no otra”, retumba la frase una y otra vez en mi memoria ... “-La Negra, no otra” ... como decía Ripley: “believe it or not”.

Alberto Enguix

 

"Adiós bacota, adiós", por Alberto Enguix

Estoy al borde del mar, en una arenosa y desolada playa muy cerca del faro Punta Médanos, al sur de Mar de Ajó. El agua está anormalmente verdosa hoy, debido a que se ha aclarado, despojándose de su habitual tono marrón, luego de un par de días de persistente viento del sudeste –ahora muy suave-, y las aguas se encaminan a la bajamar. Una notoria línea de rompientes, a unos 150 metros, marca la cresta del primer banco o lomo de arena y un pozón paralelo a la costa seca, no muy profundo, la separa de mí; esta primer canaleta se delata porque la espuma de las rompientes del mencionado banco se disuelve como por arte de magia sobre ella, y apenas se insinúa luego en la propia orilla, en donde me encuentro.

Hace un rato la vadeé con el agua casi a los hombros y la caña horizontal en andas al tope de mis brazos estirados en lo alto; trepé a continuación el lomo de espuma y, ya más emergido del mar, aunque salpicado por las rompientes, pude lanzar en la segunda vaguada, bastante más alejada de la ribera, un pesado aparejo para tiburón, encarnado con media lisa. Allí, cerca de la espuma, plena de oxigenación, suelen merodear hermosos bacotas. A veces, cuando llegamos a la zona muy temprano y con el Sol saliendo del horizonte y mar sereno, las crestas de las olas dejan transparentar allá a la distancia las ominosas siluetas de los escualos que patrullan a un metro o menos de distancia de la superficie. Una vez efectuado el lance he retornado a la playa, soltando sedal paso tras paso, y ahora, con muy escasa reserva del mismo en el reel, espero la mordida de alguno de ellos.

Ya sé que estoy jugado a perder, porque esto hará problemática la lucha si se prende alguna bestia de 50 kilos o más. Precisamente anteayer pude dominar y encallar en la arena seca a un macho de un porte parecido, tras una hora y pico de dura contienda, y mucha, mucha suerte de parte mía.

Emilio, un jovencito cerca de mí, mientras tanto estrena un reel 4/0, mucho más pesado y fuerte que el que yo uso habitualmente; se lo acabo de vender con algo de culpa, porque sabía que, cargado hasta el tope con nylon del 70, bien podía dominar a un gran escualo, pero lo que no lograría fácilmente es colocar, con un equipo tan poco ágil, la carnada bien lejos, en lo profundo de la segunda canaleta, en donde merodean los escualos.

De las dos opciones, ninguna de las cuales es ideal, prefiero la mía, usando caña y reel livianos, capaces de lograr distancia –ergo, profundidad-, y por consiguiente un probable pique. Dominar luego a un robusto escualo con tan poca reserva de sedal, ya sería cuestión de mucha suerte y alguna habilidad. Si el anzuelo se le inserta en la comisura de las mandíbulas, agarrate Catalina, pero si se lo traga o se clava en el medio de la inferior, yo tendré una chance más favorable en la lucha que sobrevendría.

Pasa un buen rato y, de repente, percibo una fugaz disparada del nylon, el que fluye del reel gracias a que he dejado la estrella del freno abierta, libre. Bajo la puntera de la caña hasta casi tocar la arena, el corazón como redoble de tambor y la respiración contenida, y me apresto a dar un cañazo de aquellos tan pronto intuya que el tiburón, que en estos momentos sin duda está llevando la carnada entre sus dientes, se dispone a engullirla. Y así ocurre.

El golpe de caña es respondido con una fuerte vibración y súbito estiramiento de los ciento y pico metros de nylon desplegados y, como una explosión, sigue la violenta corrida en profundidad, mar afuera. Recurro al freno, moderado, con el pulgar protegido por un dedal de cuero presionando el borde del carrete, dado que el embrague del pequeño reel no soportaría directamente un rush prolongado. El escualo se detiene, pero gira y se desplaza transversalmente de izquierda a derecha. Buen augurio. Eso me permite caminar por la playa acompañando la salida de nylon, y de esta forma consume menos de mis escasos, casi miserables, metros de reserva en el reel. Menos mal que el bicho decidió no seguir rumbo al África en su disparada inicial.

Dos o tres corcoveos más, allá lejos y bien en el fondo, me llegan como mazazos en la punta de los casi cuatro metros de la Harnell, mientras regulo con cuidado el frenado para no comprometer a mi nylon del 45. Sorprendentemente, ahora el bicho, por lo visto cansado, es impulsado por las rompientes en dirección a la playa.

Ya lo tengo en la primera canaleta y vislumbro el triunfo, porque ahora puedo recuperar bastante línea a fuerza de manivela accionada vertiginosamente, recargando el reel. Además las corridas –con la aleta dorsal sobresaliendo del agua, al mejor estilo Spielberg- ya son mucho más cortas y lentas.

Por fin logro acercarlo tanto que, tras una sincronizada maniobra con una ola más alta que las otras que llegaba a la arena seca, queda fuera del agua. Una hembra de menos de dos metros. Sacarle el anzuelo –pinza mediante, claro- y reenviarla a su hogar me toman apenas unos instantes.

Emilio, a todo esto, me mira embriagado por una envidia que le sale por los ojos, mientras yo me siento como responsable de su falta de pique, en vez de alegrarme por mi captura, en un áspero conflicto interno. Le aconsejo recoger y cambiar la carnada, cosa que asimismo hago con la mía, que obviamente ha quedado reducida a un colgajo informe. Nuevamente vadeamos (mientras trato de no pensar si algún bacota andará merodeando en las cercanías), escalamos dificultosamente el lomo entre las rompientes, efectuamos el lanzamiento y retornamos a la arena seca, empuñando de inmediato la caña en posición horizontal y el índice derecho con el tenso nylon justo en su yema.

Un buen rato después después recibo un toque insignificante. Pero parece haber soltado la carnada casi de inmediato. Segundos de tensión y nada. Luego otro toquecito. Otro abandono. Con los nervios crispados, se lo voy comentando en voz baja a Emilio, que está como petrificado al lado mío, con mi garganta seca por la angustia. Tengo (¡otra vez!) un tiburcio allá en la distancia, y es un desconfiado: muerde y suelta repetidas veces.

Luego de interminables momentos, siento por la fuerte vibración que traga el bocado, clavo violentamente con la caña y, no recibiendo en seguida una respuesta de huida, sino todo lo contrario, como indiferencia del pez, en tan fatal instante es cuando un tonto sentimiento de pena culpable me embarga y le digo a Emilio: “-TOMÁ LA CAÑA, ANDÁ, SACALO VOS”.

Al entregársela, el inexperto Emilio atropelladamente aferra con su mano derecha al mismo tiempo la empuñadura y el tenso nylon que emerge del reel, justo en el momento en que el bacota inicia un rush a mil mar adentro. Grita, suelta todo y pliega su cuerpo de dolor sobre la palma de la mano surcada por el profundo corte que le inflinge el nylon. La caña, abandonada ahora sobre la arena, comienza a ser remolcada hacia el mar y yo atino a pisar el mango mientras histéricamente, de bruces, manoteo la estrella del freno del reel para aliviarlo.

En un segundo me doy cuenta de mi error. Creyéndome un sabiondo, desestimé el mensaje de ese pique tan dilatado y receloso. Solamente los grandes tiburones, con sus muchos años de experiencia, son tan quisquillosos al tomar una carnada. No en vano han vivido tanto. Y este es muy, pero muy grande. A una inaudita velocidad me va vaciando el carretel, sin que el frenado adicional del pulgar ‘enguantado’ que le aplico siquiera lo perturbe, al tiempo en que me incorporo a medias, sentándome en la arena con las piernas abiertas y extendidas y los talones clavados en la playa. El embrague del freno del pobre Squidder brama, aúlla como nunca, tal vez a punto de explotar, y la pequeña bobina gira vertiginosa e imparable.

Súbitamente se detiene. En seco. Mal augurio. Las grandes bestias son así, ladinas. Ahora ya sé, tarde por desgracia, que mi rival se vuelve sobre sus pasos y va a morder fieramente la línea, cosa que logra al instante, a pesar que rebobino nylon tan rápido como puedo. O tal vez una parte del sedal se ha rozado contra el fondo de afiladísimas conchillas en una cresta. Por un breve instante retomo la tensión de la línea, pero de golpe el corte y la brusca aflojada me hacen voltear de espaldas sobre la arena. Se ha ido. Nunca más. Si tan sólo me hubiera dedicado a trabajarlo, a cansarlo ni bien tragó la carnada, y no hubiera perdido preciosos momentos delegando la caña en Emilio, el resultado tal vez habría sido diferente.

Dicen que la letra con sangre entra. Yo, desde entonces -60 años atrás-, sé cómo distinguir a un escualo de, tal vez, arriba de los cien kilos de un juvenil de 20. Porque los grandes tocan la carnada con parsimonia y recelo, y si uno los apura desconfían y se van. Nunca debería volver a equivocarme tan groseramente. Sin embargo años después, embarcado frente a la isla de Lobos, un (presunto) y enorme escalandrún volvió a jugarme otra mala pasada, pero tal iniquidad será motivo de un posterior relato porque demostró que a mí un fracaso no me resulta suficiente, de manera que al parecer siempre puedo ser capaz de cometer errores similares a los que me llevaron a él y, como decía Einstein, no esperemos obtener resultados distintos si reiteramos el proceder previo.

Alberto Enguix

 

"Pesca mágica", por Alberto Enguix

Era un slogan muy popular en los medios gráficos y radiales y en la recientemente inaugurada TV Canal 7 (de riguroso blanco y negro, resaltado por los voluminosos televisores Capehart, sí, esos, los de las puertitas): “Tome Toddy todos los días”. Los chicos de todo el pais siguen, embobados, el consejo y la bebida está de rigurosa moda. Colateralmente mi amigo Luis, con ingenio, acaba de encontrar una aplicación impensada para el producto: lo embebe en miga de pan para alimentar a sus miles de lombrices. Diluido con leche y agua, claro.

Porque Luis es “mayorista lombricero”, todo un industrial en momentos en que, por el intenso pique, la Costanera Norte de Buenos Aires es una fiesta. Vale la pena remembrar aquellos tiempos, en los que los reinaban por abrumadora mayoría los “pioleros”, reyes del hilo de algodón retorcido (algunos tan sofisticados que hasta los bañaban en tanino, cuyo color marrón intenso permitía distinguirlos aún desde lejos). Estos émulos de Patoruzú revoleaban por sobre sus cabezas no las boleadoras, sino sus espineles de 5 o más anzuelos coronados con una robusta tuerca de durmiente ferroviario o, los más pudientes, una bola de plomo de 200 o 300 gramos, en un operativo que imponía a sus vecinos pescadores un preventivo cuerpo a tierra generalizado.

Siguiendo con Luis, por esos tiempos en los fondos de su casa, en San Martín, se había adueñado de un sector de jardín para convertirlo en un gran procreadero de lombrices, para espanto y repugnancia de su madre y hermanas. A escala masiva, la empresa de Luis ocupaba a gran cantidad de minoristas, desperdigados en las extensas veredas frente al pequeño Aeroparque de aquellos tiempos, quienes comercializan sus anélidos bien ensopados en aserrín; gracias al petardo alimenticio, son rojas y vitales viboritas, todo un manjar para armados y bagres. El reparto y reposición, en especial para el pico del fin de semana, obliga a Luis a dos y hasta tres maratónicas rondas en su bicicleta, de esas con la rueda de adelante pequeñita y la canasta encima.

Pero los refinados paladares de los pejerreyes invernales no las aceptan, no las toman, prefiriendo “las de gallinero”, rosadas y chiquitas, que comercializa, aunque en mucho más reducida extensión, la competencia. Desde luego, estos anélidos no toman Toddy. Mal negocio. Un fracaso. Cuando llegan los fríos, y con ellos los pejerreyes, Luis no vende nada. Los especialistas cañeros, algo así como la antítesis de los pioleros, le dan la espalda al producto de Luis.

A mí tampoco me va mejor con la promoción de mi “carnarina”, el aserrín residual –carne, nervios, hueso- que le queda a la sierra eléctrica de la carnicería de mi papá. En verano atraía multitud de mojarritas, y tras ellas los apetecibles dorados, y dentro de un rulero plástico a fondo, cerca de la plomada, era un imán irresistible para bagres, armados y demás fauna de cuero. Debería también ser una ceba muy atractiva para los pejerreyes rioplatenses pero, misterio indevelable, estos peces la ignoran. Otro fracaso invernal.

Decidimos que algo habría que hacer. Tal vez en las lagunas. Sin haber ido nunca a San Miguel del Monte, un espejo palustre en donde vox populi la pesca de pejerreyes es inaudita, Luis y yo decidimos asociar nuestras frustraciones y testear allí lombrices y ceba. No contamos con asesoramiento alguno, de modo que la excursión es como un salto al vacío, sin conocer los lugares más rendidores, ni la profundidad de las brazoladas, ni nada de eso. Si alguien, entre los muchos que consultamos, sabía algo, se cuidó mucho de transmitirlo. En fin, un tiro al aire.

Un sábado muy temprano, casi de noche, ya en el tren, notamos que, salvo la explicable excepción del guarda, todos los demás son “del gremio”, delatados por sus cañas enfundadas. Además, incomprensibles, por la premura con que se lanzan masivamente al andén en Monte, cuando aún no se ha detenido el convoy y salen corriendo hacia la laguna como si los persiguiera Satán ¿Es que no pueden contener sus ansias de pesca?

No, nada de eso. Se trata de una cacería de embarcaciones. Cuando bajamos nosotros, ya no quedaba bote alguno en alquiler, de modo que tenemos que perder más de una hora bordeando la ribera a pie hasta hallar uno de madera, por supuesto en estado deplorable. Posee la rara particularidad de flotar en una laguna -Monte, claro-, creando adentro otra laguna de uso exclusivo para Luis y yo. Tras pagar por anticipado el alquiler, y dejar nuestras cédulas de identidad en garantía, forcejeamos como galeotes para deslizar el barreminas hasta la laguna.

Cuando finalmente remamos hacia el interior del espejo acuático, ya hace rato que los expertos se han diseminado anclando cerca de las costas, de modo que fondeamos sin ton ni son en cualquier lugar, solitarios, cerca del medio, para no molestar a los que ya están, y con las brazoladas en cualquier profundidad. Somos el monumento a la ignorancia.

Cambiando un par de veces de lugar, finalmente cosechamos entre los dos 20 dentudos grandes y 20 pejerreyes de lindo tamaño, pero lejos de las expectativas que nos habían creado los rumores. Pensamos que, ahora sí, ni nuestra ceba ni nuestras lombrices tendrán un futuro económico asegurado. Está, al parecer, demostrado inapelablemente. De modo que, ya de tarde, nos dirigimos cabizbajos al club y pedimos café con leche y medialunas, haciendo tiempo hasta la llegada del tren.

En eso estamos cuando empiezan a llegar los sabios lugareños y los popes foráneos y, mientras se muestran sus cosechas, se confunden en abrazos y alabanzas mutuas, algunas a voz en cuello. Ha sido un gran día, seguro. Intrigado, masticando rabia, me acerco a uno de los bolsos más elogiados, espiando subrepticiamente su contenido. Y me quedo alelado. Una docena de juveniles. Me animo a mirar otra canasta cercana. Un puñado de pequeñitos, seguramente extraídos de la mismísima Casa Cuna del Pejerrey.

Atónito, entonces lo mando a Luis a mirar otro balde, y al ser sorprendido en pleno espionaje, levantando el repasador, sólo atina a decir, yo diría imprudentemente,…”-PERO NOSOTROS SACAMOS MUCHOS MÁS…-y, desgranando las palabras, casi en un grito, les clava la puñalada trapera- ¡Y MÁS GRANDES!” Conmoción generalizada. Todos vienen a ver nuestro bolso y exclamaban “-¡FANTÁSTICO! ¡INCREÍBLE!”, y no cesan de interrogarnos: “-¿ADÓNDE FUERON? ¿ CON QUÉ CARNADA? ¿CEBARON?”. Y cunde el estupor cuando contamos lo que habíamos usado: viboritas y huesos molidos; ah, fondeados en cualquier parte y con los anzuelos en cualquier profundidad.

Sin explicación racional alguna, finalmente convenimos con Luis en que la ecuación es la siguiente: un fracaso, sumado a un fracaso, igual a un éxito. La pesca es así. Mágica. A veces rondando el absurdo. Y, por favor, no busquemos alguna otra explicación. Está de más.

Alberto Enguix

 

"Bombarderos japoneses", por Alberto Enguix

Para un pescador deportivo, un auténtico cañero digamos, espineles, redes y trampas son consideradas como artes de captura sacrílegas, San Clemente, 1953pero hay que reconocer que la humanidad las viene usando con propósitos alimenticios (y porqué no pecuniarios), desde los albores de la civilización, y de hecho muchísimos pueblos se han y se siguen nutriendo hoy mismo con el producto logrado con esas cosechadoras ícticas a escala industrial.

De entre sus múltiples variantes se conoce como trasmallo a una larga y estrecha red rectangular plana, de poca altura, en medio de la cual se ha cosido una especie de ancha y prolongada bolsa, como una media, de malla o trama más fina, llamada copo. De sus cuatro bordes el largo superior tiene boyas plásticas o de corcho a intervalos regulares, y el inferior lleva esparcidos trozos de plomo; en ambos extremos, sensiblemente más cortos, sendos palos rígidos, maniobrados verticalmente, sirven no solo para extenderla de arriba a abajo, sino para remolcarla o amarrarla a la costa o bien anclarla al fondo acuático.

Puede actuar en forma pasiva entonces, sujeta e inmóvil por esos extremos cortos , o bien ser accionada como un colador por la acción de un grupo humano que transita por la orilla o en las aguas cercanas a ella, de poca profundidad, mientras el otro extremo se confía a los más fuertes y buenos nadadores, porque la mueven lejos de la costa, donde apenas hacen pie.

Franco, un hombrote cálido y locuaz, oriundo de los pagos del Tuyú, sabe mucho acerca de trasmallos y, siendo yo un jovencito ávido de conocimientos, me transmite –allá lejos y hace tiempo, tal lo que titulara Guillermo Hudson- muchos de sus secretos. Por ejemplo, pasando el trasmallo en la manera tradicional, paralelo a la costa, los lances deben ser siempre a contra corriente, justo lo que demanda el mayor esfuerzo del equipo de pescadores.

La razón es que, arreados los peces por los laterales planos de la red -los batidores-, finalmente se encaminan al copo central, desde el cual les resulta casi imposible escapar. Por lo tanto, al llevar el trasmallo contra la corriente, a los peces les cuesta mucho remontarla para adelantarse al mismo y recuperar su libertad. En el mar, me dice Franco, solamente las burriquetas suelen tener la fortaleza y velocidad para lograrlo; casi todos los demás terminan enredados en el copo, y de ahí van a la sartén, al chupín o a la empanada.

Excepción, las lisas, que siempre se fugan del trasmallo de Franco y de sus colegas de la manera más burlona que se puede uno imaginar: saltando por arriba de los batidores. Y esta evasión aérea, una y otra vez, la repiten en el ultimísimo minuto, cuando ya la red está en la playa seca. La rabia que provoca esta estrategia no tiene límites y mi papá, uno de los entusiastas rederos, también participa de esa frustración. Ya en la orilla, al abrir el copo, no queda siquiera una sola lisa; varias decenas se acaban de escapar ante las mismísimas narices de todos.

En San Clemente hay, cerca de donde veraneamos, un invernadero atendido por varias familias floricultoras japonesas que apenas si hablan castellano. Cierto día, uno de los chicos de ellos, que a veces me provee carnadas para mi caña, me lleva hasta el furgón que acababa de llegar desde Punta Rasa, donde habían estado usando su trasmallo. Con enorme sorpresa noto dos grandes cajones llenos de lisas.

Le cuento a mi papá y él, de puro intrigado –y chusma-, les pide a los floristas que lo inviten cuando vayan de vuelta a pescar lisas. Le dicen que sí, y que la paga consistirá en una ecuánime distribución de la pesca entre los rederos que accionen el trasmallo. De modo que, llegado el momento, yo voy con mi caña y mi papá -en el mundo opuesto- se une a los pescadores de red, camino a la ría aledaña.

Emplean varios autos formando un grupo muy locuaz (desde luego intraducible), donde abundan las mujeres y los niños. Supongo que se trata de una especie de camping familiar: los hombres a cinchar y el resto de sus familias, al ocio y la diversión.

Craso error.

En el primer lance pasan la red en las aguas barrosas de la bahía, esquivando o pisando docenas, qué digo, miles de cangrejos, a contra corriente. Mientras, mujeres y niños caminan por la costa seca acompañando la redada con la vista. Luego de un tiempo, el que oficia como jefe da una orden, y el grupo de aguas adentro comienza a adelantarse al otro, girando hacia la playa en una maniobra envolvente.

En cuanto están todos con el agua a la cintura y a la par, comienzan a salir tan rápido como pueden del agua. Hasta ahí, nada novedoso. Yo sé que, en segundos apenas, el agua entre los batidores va a ir agitándose cada vez más –las lisas, por supuesto- y que a continuación comenzarán los saltos acrobáticos, y una a una se les van a escapar.

Pero no ocurre así. Mientras los hombres sacan cada vez más hacia tierra los batidores, y más revoltijo se arma entre ellos, las mujeres y los chicos se acercan, metiéndose en el agua y, con inesperado frenesí, comienzan a recoger ininterrumpidamente arena y barro del fondo, a sus pies, formando pelotas con las que bombardean densa y furiosamente el interior de la red. Todo esto acompañado con un infernal griterío, como si fuera un malón amarillo o una síntesis de las legendarias hordas de Zeros de Yamamoto en Pearl Harbour vociferando ¡tora, tora, tora!.

Tan grande es la conmoción que originan, que apenas una o dos lisas alcanzan a saltar, y creo que ni siquiera pudieron franquear la red hacia afuera. La actividad bombardera se incrementa, si puede decirse, a medida que la red va quedando casi en seco.

Cuando por fin el copo descansa al aire libre, a centímetros del agua, rebosa de lisas en loco alboroto. Mi papá y yo no salimos de nuestro asombro y admiración ¡Eso sí que es un juego de equipo! Ingeniosos y envalentonados, los nipones repiten las redadas unas cuantas veces más, siempre cosechando montones de lisas. Incluso se dan el lujo de devolver al agua toda otra especie, excepto los lenguados y los pejerreyes. Tontos no son, está claro.

Despuès de esta experiencia, con frecuencia veo a los aficionados veraneantes que pasan sus trasmallos y me resulta divertido que, una y otra vez, tropiecen con la misma piedra: mientras van cerrando la red, y cuando ya gritan eufóricos anticipando la exitosa redada, las traviesas lisas les hacen pito catalán saltando en el ultimísimo minuto cual misiles plateados, y dejándolos burlados e impotentes. Eso sí, cornalitos, roncadoras y hasta algún gatuzo, sin dejar de mencionar más de un cangrejo, les quedan como premio consuelo, como diéndoles “seguí participando”.

En secreto, y conteniendo a duras penas la sonrisa, me pongo del lado de ellas y las aliento, agradeciéndoles por el buen momento que me hacen pasar. Al mismo tiempo, con un equipo de caña y frontal sumamente liviano y lanzando dentro de la primera canaleta, capturo unas cuantas burriquetas, que demuestran una vez más que nada tienen que envidiarle a las bogas en lo que respecta a lucha sin cuartel –kilo por kilo aún más que las mismísimas corvinas-, y todo esto ante la vista decepcionada de los esforzados trasmalleros, incapaces de lograr siquiera una (y ni hablar de las lisas, desde luego), aunque reiteradamente y con impunidad pasen ciegamente su artilugio barriendo mi coto de pesca, obligándome a levantar la línea mientras los bendigo, por supuesto no con mis mejores deseos de salud, paz y prosperidad.

Qué otra cosa puedo hacer sino divertirme con ellos y su cansadora, reiterada y obcecada frustración. Es una faceta que llevo dentro de mí, oculta, como si el inefable Jaimito fuera mi otro yo.

Alberto Enguix

 

Nota del Autor

Estamos hablando de 1952 o 1953, cuando San Clemente era una sucesión de médanos enormes que atropellaban en dos o tres horas a las pocas casas de material que había, al punto de llegar hasta su azotea y desbordarla incluso del lado de barlovento (que era el viento que había motorizado a las dunas), y ojo, las calles eran de arena, los sulkys-taxis tenían gomas de automóvil por tal causa y el camping del ACA, con una lluvia fuerte, se inundaba a punto de terror). Pero había un cine, al que íbamos cada uno con su banquito y una linterna, porque no había alumbrado público y volver de noche podía ser una experiencia digna de recordar en plena oscuridad, de haber luna nueva o nublado total. El camino desde la ruta 2 era de una sola trocha, de auténtica tierra, de modo que un aguacero fuerte era suficiente como para incomunicar a San Clemente por un par de días, aunque era práctica bastante común cortar alambrados y baypasear los tramos intransitables. Los micros Río de la Plata y Solmar, que hacían el servicio de pasajeros y encomiendas llevaban siempre a bordo una cizalla a tal fin, y si había vuelta encontrada en la ruta embarrada y no se disponía de cuartas de caballos a tal fin (de alguna estancia cercana), cada cual disponía de media huella, aunque imagínate que si no se trataba de un jeep, o un Chevrolet canadiense de la guerra, los 4x4 no eran habituales. Pero pescábamos unas corvinas negras de 20 y hasta 35 kilos con reeles Pescador 223 o 350 y nylon del .60. Lo “normal” eran de 9 a 15 kilos. Valía la pena ir a veranear allí, a pesar de las privaciones.